En los primeros días de marzo de 1972, iniciaba mis primeras singladuras de marino mercante enrolado en el petrolero “Astorga” como alumno de máquinas.
Mi primer viaje Algeciras-Tarragona fue muy tranquilo porque la mar estaba en calma y, en menos de dos días, llegamos a nuestro destino donde descargamos nafta.
La siguiente carga sería en Santa Cruz de Tenerife y con dicho destino salimos el 13 de marzo para llegar el 17 del mismo mes.
En la travesía noté algunas diferencias porque el buque navegaba en lastre y la mar, como es habitual, hizo que el balanceo de la nave fuera muy perceptible. La verdad es que en la ruta del Estrecho a Canarias la navegación es muy diferente a la de un Mediterráneo en calma.
Es estos primeros días tuve que adaptarme a almorzar sobre las once de la mañana, cenar antes de la siete de la tarde y, sobre todo, levantarme a las cuatro menos cuarto de la mañana. La adaptación no se acabó ahí porque tuve que acostumbrarme al calor de la sala de máquinas, al ruido que no cesaba incluso en el camarote y la dificultad para conciliar el sueño con los movimientos propios del buque.
He titulado esta carta con un oxímoron que se produjo realmente: cuando llegamos a Tenerife sobre las cuatro de la mañana, no me llamaron para que entrara de guardia porque mi jornada en puerto comenzaba en torno a las ocho. El “Astorga” con su motor principal en marcha (un enorme motor sueco Gotaverken de 7.300 C.V que permitía una velocidad de 14 nudos) era bastante ruidoso y, por ello, cuando llegamos a Tenerife y el buque fondeó frente a la avenida de Anaga, el motor principal y otro auxiliar se pararon y, el silencio, se adueñó de la zona de camarotes para, extrañamente, acabar despertándome. Me levanté y me asomé a la cubierta, donde me impresionó la calma de mi buque fondeado y la imagen de unas hermosas montañas que penetraban directamente en la mar.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)