miércoles, 21 de septiembre de 2022

221. Me despertó el silencio

En los primeros días de marzo de 1972, iniciaba mis primeras singladuras de marino mercante enrolado en el petrolero “Astorga” como alumno de máquinas.

            Mi primer viaje Algeciras-Tarragona fue muy tranquilo porque la mar estaba en calma y, en menos de dos días, llegamos a nuestro destino donde descargamos nafta.

            La siguiente carga sería en Santa Cruz de Tenerife y con dicho destino salimos el 13 de marzo para llegar el 17 del mismo mes.

            En la travesía noté algunas diferencias porque  el buque navegaba en lastre y la mar, como es habitual, hizo que el  balanceo de la nave fuera muy perceptible. La verdad es que en la ruta del Estrecho a Canarias la navegación es muy diferente a la de un Mediterráneo en calma.

            Es estos primeros días tuve que adaptarme a almorzar sobre las once de la mañana, cenar antes de la siete de la tarde y, sobre todo, levantarme a las cuatro menos cuarto de la mañana. La adaptación no se acabó ahí porque tuve que acostumbrarme al calor de la sala de máquinas, al ruido que no cesaba incluso en el camarote y la dificultad para conciliar el sueño con los movimientos propios del buque.

            He titulado esta carta con un oxímoron que se produjo realmente: cuando llegamos a Tenerife sobre las cuatro de la mañana, no me llamaron para que entrara de guardia porque mi jornada en puerto comenzaba en torno a las ocho. El “Astorga” con su motor principal en marcha (un enorme motor sueco Gotaverken de 7.300 C.V que permitía una velocidad de 14 nudos) era bastante ruidoso y, por ello, cuando llegamos a Tenerife y el buque fondeó frente a la avenida de Anaga, el motor principal y otro auxiliar se pararon y, el silencio, se adueñó de la zona de camarotes para, extrañamente, acabar despertándome. Me levanté y me asomé a la cubierta, donde me impresionó la calma de mi buque fondeado y la imagen de unas hermosas montañas que penetraban directamente en la mar.

 

Roque Gómez Jaén (Puerto Real)

             

 

domingo, 11 de septiembre de 2022

220. Un retrato de Azaña

            En la sesión plenaria del ayuntamiento de Puerto Real, de fecha 8 de julio de 1936, se trató a propuesta del alcalde sobre un retrato de Manuel Azaña, presidente de la II República, ofrecido por el pintor Carlos Urtubey Rebollo para la Alcaldía.

            Se manifestaron sobre la obra los gestores Méndez y Caballero quienes afirmaron que el valor del lienzo excedía las quinientas pesetas. La Gestora aprobó, por unanimidad, aceptar el ofrecimiento del artista y donarle la cantidad de doscientas cincuenta pesetas; pese a considerar que la cantidad era insuficiente para premiar la obra y su mérito artístico.

            Siempre me he preguntado qué  habría pasado con el cuadro y si realmente llegó a ser adquirido por el ayuntamiento. Tenía mis dudas por las fechas en las que ocurrió el ofrecimiento y el acuerdo plenario.

             Nunca había oído hablar del pintor Urcelay y, como es natural en el tiempo en que vivimos, me sumergí en la Red y he podido encontrar que era médico y pintor, que su hermano Luis era un médico excepcional con un gran expediente académico en la facultad de Medicina de Cádiz; que en las fechas a que me he referido, era concejal por Izquierda Republicana; que en “El Noticiero Gaditano” de fecha 2 de mayo de 1933, se recogía que Carlos Urtubey  Rebollo, presidiendo una comisión de sanitarios de San Fernando, fue recibido por el gobernador civil donde protestó del trato recibido por dichos profesionales por parte de cierto sector del municipio isleño y, finalmente, he llegado a saber que, hoy día, podríamos comprar un bodegón suyo por la suma de 850 €.

            Además he tenido conocimiento y lo lamento, que Carlos Urtubey en el mes de agosto de 1936, fue ejecutado en la prisión de El Puerto Santa María como otros miembros de la corporación de la que formaba parte. Una víctima más  de la guerra civil (1936-1939), que es sin duda la peor de todas las guerras. Por todo ello, creo que el retrato de Azaña no llegó a decorar las paredes del ayuntamiento de mi pueblo y tampoco me parece probable que dicho lienzo exista todavía.

 

Roque Gómez Jaén (Puerto Real)

 

domingo, 4 de septiembre de 2022

219 El jamón de Motril

                Desde hace mucho tiempo al llegar el verano me acuerdo de un jamón comprado en Motril. Si no me falla la memoria, en el verano de 1979 me encontraba enrolado como oficial de máquinas en el petrolero “Camponalón” de CAMPSA. Ya había estado antes en dicho barco y me encontraba a gusto: me llevaba bien con mis compañeros y demás miembros de la tripulación, venía con frecuencia por Cádiz y, además, se comía bien.

                Conocía a un engrasador de nombre José Luis: se trataba de  un hombre fornido, amable y, como muchos de compañeros, buen comedor. En el viaje a que me refiero el buque salió de Algeciras con destino a Motril donde dejaríamos parte de la carga y se continuaría hasta Almería para descargar el resto.

                José Luis  coincidió conmigo en una guardia en la sala de máquinas y, con mucha alegría, me comentó que había comprado un buen jamón para su familia pues el barco probablemente finalizaría el viaje en el pantalán de CEPSA en San Roque.

                Ya en Almería al entrar de guardia me enteré que José Luis al poner en marcha un motor auxiliar había sufrido un accidente y lo habían ingresado en un hospital. No pensamos que fuera nada grave; no obstante, el primer oficial de máquinas intentó buscar una explicación al accidente y nunca se encontró.

                Cuando días más tarde retornamos a Algeciras nos enteramos que José Luis había fallecido y la conmoción a bordo fue inmensa. Me impresionó ver a hombres endurecidos por la vida en la mar llorar como niños.

                Yo siempre pensé que ese jamón de Motril, si llegaron a comerlo, sería muy amargo para la familia de José Luis. Estas breves líneas me han ayudado a recordar la tragedia y la fragilidad del ser humano.

 

Roque Gómez Jaén (Puerto Real)

               

 

sábado, 3 de septiembre de 2022

218 El amor de su vida

                 Con frecuencia me acuerdo de mi profesora Alicia Plaza de Prado. Era la época en la que la Escuela Normal de Cádiz se había transformado en Escuela de Formación del Profesorado de EGB.

                Tuve la suerte de que Alicia me impartiera clases de Geografía y de Historia. Era una mujer menuda y, aparentemente frágil, que se ayudaba de un micrófono para mejorar su voz quebrada.

                Sus clases empezaban siempre con un esquema en la pizarra y, a continuación, hablaba durante el tiempo que ella estimaba pertinente y, finalmente, podíamos preguntarle las cuestiones que quisiéramos. Se trataba de una clase directiva, pero era una clase de una profesora preparada que aprovechaba el tiempo disponible y no tenía que recurrir a estratagemas embaucadoras. En definitiva, respetaba su trabajo y respetaba a sus alumnos.

                Alicia estaba comprometida con el régimen del general Franco (su hermana Mónica llegó a formar parte de los denominados “cuarenta de Ayete”) pero jamás trató de adoctrinar a sus alumnos; por el contrario, se volcaba con aquellos que tenían problemas familiares, de trabajo o relacionados con el servicio militar que afectaban a sus obligaciones como alumnos. En no pocas ocasiones los citaba en sábado o domingo, abría las puertas del centro y en su pequeño despacho los examinaba oralmente.

                En su evaluación no era caprichosa: trataba y exigía por igual a todos sus alumnos. Tampoco era mezquina a la hora de poner calificaciones altas.

                Siempre consideré que Alicia Plaza, palentina trasplantada en Cádiz, tenía un alto sentido del deber y practicaba un patriotismo no vociferante.

                Recuerdo que pasados los años, yo trabajaba de profesor de EGB, se le brindó un homenaje en la facultad de Medicina de Cádiz y acudí a dicho acto. Alicia habló poco y claro y ella, que no era muy dada a las efusiones de cariño en el saludo entre desconocidos, expresó con rotundidad que el amor de su vida había sido España y, en mi opinión, así fue.

 

Roque Gómez Jaén (Puerto Real)