En la última
novela de Tolstoi, Resurrección (1899)
Novodgorov, uno de los personajes, mitad idealista mitad revolucionario
despiadado, explicaba y argumentada muy bien sus actuaciones; pero, realmente,
escondía una gran ambición. Entendía el escritor y pedagogo Tolstoi que la
ausencia de cualidades morales y éticas (que siempre generan dudas), facilitan,
sin embargo, el acceso a la dirección de las organizaciones partidarias.
Alcanzada la dirección, insiste Tolstoi, nunca vacilaba y tenía la certeza de no
equivocarse jamás. En sus relaciones con los demás, o los repelía o los sometía. No había alternativa posible.
Novodgorov se movía entre gente muy joven que confundía su ilimitada seguridad
en sí mismo, con una prueba de sabiduría.
De este modo, conseguía el sometimiento y el éxito en los círculos
revolucionarios.
Lenin detestaba
el retrato de dicho personaje porque quizá se veía reflejado ante un espejo. El
político ruso juzgaba a los escritores, con la excepción de Turgunév, por sus
tendencias políticas. En el caso de Tolstoi (fallecido en 1910) reconocía que
era un “gigante” pero rechazaba su visión del mundo, su misticismo, su
pacifismo y su incapacidad para entender el proceso revolucionario ya iniciado
en Rusia.
Aunque muchos opinan que la historia no se
repite, a mí lo que me preocupa es, en el proceso prerrevolucionario en el que
se encuentra el pueblo español, poder responder a las siguientes preguntas: ¿Dónde
está nuestro Tolstoi? ¿Y nuestro Lenin? No es difícil adivinar quién va ocupar el puesto de
Kerenski?
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)