lunes, 28 de septiembre de 2020

208. Los perros de Pavlov, sí comían

         Todos hemos oído hablar en alguna ocasión sobre los experimentos con perros del científico ruso Pavlov que son la base de la teoría del reflejo condicionado. A uno de estos animales, se le presenta la comida acompañada de un estímulo auditivo (en su caso empleó un metrónomo) y el perro segrega saliva por la proximidad de su alimento. Tras varias sesiones, la mera presencia del sonido provoca en animal la respuesta ya señalada. A veces, la genera la sola presencia de la persona que lleva la comida.

          El prestigio de Pavlov (galardonado con el Nobel en 1904) era tal que le permitía expresarse con entera libertad, en el imperio soviético, allí donde se encontrara, y ante el asombro y el miedo de los testigos. Ninguna medida: registros, detenciones, confiscación del premio en metálico que acompaña al Nobel (tardaron en devolvérselo), prohibición de publicar sus conferencias (hubo que esperar hasta 1999), cárcel para amedrentarlo... le hacía cambiar de actitud. Lenin encontró la manera de que se calmara facilitándole su labor científica a tal extremo que, en una época de escasez de alimentos en Petrogrado, para evitar que Pavlov se marchara al extranjero el propio Lenin ordenó que los perros de Pavlov tuvieran su ración diaria de comida.

         Los reflejos condicionados también fueron estudiados en las personas (probablemente en nuestros días no se permitirían las experiencias de afamados conductistas). El mismo Pavlov realizó el siguiente experimento: se presenta a un paciente una bombilla roja e, insistentemente, se le dice que es verde. La persona, finalmente, acepta que el verdadero color de la  lámpara es el que el investigador ha dicho.

         Como muy bien refleja Vitali Shentalinski en su obra Crimen sin castigo, el esquema que la policía soviética sigue en los interrogatorios es el mismo que el propuesto por Paulov. El éxito de la experimentación en este campo, según el autor mencionado, de los bolcheviques lograría la transformación de las personas en lo que se ha denominado el Homo sovieticus.

                                 Roque Gómez Jaén (Puerto Real)

 

domingo, 20 de septiembre de 2020

207 La Roldana en Puerto Real

           En mi pueblo en la confluencia de las calles Soledad y Factoría de Matagorda hay una plaza pequeña y muy concurrida, a la que se le ha dado el nombre de Luisa Roldán (“La Roldana”). La ubicación me parece muy acertada porque la escultora a que me refiero es la autora de la imagen de Nuestra Señora de la Soledad.
         Luisa, hija del escultor Pedro Roldán, se formó en el taller de su padre en la Sevilla de la segunda mitad del siglo XVII. La ciudad  sufría una gran crisis económica acompañada de inundaciones y epidemias (la peste bubónica de 1649 se llevó por delante 60.000 personas). Cuando la ciudad se recuperó de las catástrofes, el fervor religioso se incrementó y la situación de los artistas mejoró notablemente.
         Dada la alta mortalidad infantil, Pedro Roldán, que tardó muchos años en tener un hijo varón, consideró necesario formar artísticamente a tres de sus hijas, lo mismo hicieron Valdés Leal y Pedro de Mena. En este ambiente no debe extrañarnos que Luisa Roldán, pese a la oposición de su padre, se casara con el también escultor Luis Antonio de los Arcos. La vinculación de Luisa y Luis Antonio con Cádiz, que vivía un tiempo de esplendor, comienza en 1684 momento en el que la familia Roldán mantenía su residencia en Sevilla aunque cada vez recibía más encargos de la capital gaditana.
         En estas circunstancias, Luisa Roldán y su marido donaron la imagen de la Soledad al monasterio puertorrealeño de la  Victoria. En la iglesia del mismo nombre podemos contemplarla junto a otra obra de Luisa: un san Francisco de Paula  de tamaño natural.
La vinculación afectiva del matrimonio con Puerto Real parece duradera porque cuando Luis Antonio falleció en 1711 (sobrevivió a su mujer cinco años) dispuso en su testamento que sus hijos llevaran, a la capilla de Puerto Real a la que su esposa y él habían donado en 1688 la Virgen de la Soledad, un fragmento del Lignum Crucis que le pertenecía.
         Cercanos a Puerto Real, podemos admirar obras de Luisa Roldán en Cádiz: el Ecce Homo,  San Servando y San German todos en la catedral, San Antonio de Padua con el Niño, en la iglesia de Santa Cruz y el San Juan Bautista y San José con el Niño ambos en la iglesia de San Antonio; además, en Sanlúcar de Barrameda  el San Francisco de Asís del convento de Regina Coeli.
         Las escultoras de alto nivel en España son escasas; ahora, desaparecidos antiguos prejuicios,  imagineras como la sevillana Lourdes Hernández Peña, autora de la Santa Beatriz de Silva de la catedral de Ceuta, pueden mostrar sus capacidades artísticas en igualdad de condiciones que sus compañeros escultores.  Luisa  Roldán no pudo hacerlo.

                                             Roque Gómez Jaén (Puerto Real)

martes, 1 de septiembre de 2020

206 Maestros de ayer

           Las recientes declaraciones televisivas de la inefable ministra de Educación me han hecho recordar que, durante siglos, el trato recibido por los maestros por parte de los poderes públicos ha sido desconsiderado.
Hoy quiero recordar y compartir, gracias a la colaboración de Dª. Cristina Carbonero, bibliotecaria del ayuntamiento de El Molar (Madrid), información sobre los maestros de la mitad del siglo XVIII.
 En concreto, en  1753 una comisión de doce vecinos, en la que por supuesto no figuraba el maestro de la villa mencionada, se reunió para contestar a las 41 preguntas formuladas en el Catastro de Ensenada para todos los pueblos y ciudades de la corona de Castilla que, en esencia, pretendía establecer una contribución común ligada a la riqueza de cada uno de los vecinos. La información suministrada era muy completa y en uno de sus apartados se trataba sobre los funcionarios municipales que, en el caso que nos ocupa, eran: un escribano, un médico, un alguacil, un cirujano, un sangrador, un boticario, 3 guardas para el ganado y un maestro de primeras letras.
Como era habitual en la época y en la zona, a los maestros se les pagaba poco, tarde y mal. De los funcionarios mencionados sólo los guardas de ganado tenían un sueldo inferior a los 60 reales mensuales percibidos por el maestro. Para que nos sirva de referencia, el sacristán recibía 133 reales al mes (más del doble que el maestro); el boticario 208 reales (más del triple) y el médico con 387 reales (seis veces más). Pero además de un sueldo escaso; en muchas ocasiones, el maestro percibía parte de su salario en especie, fundamentalmente trigo, lo que suponía tener que venderlo o panificarlo. Para que el maestro pudiera subsistir los niños solían entregarle los sábados una pequeña paga de cuatro maravedíes (0,03 pesetas). La situación económica de nuestros maestros era tan penosa que, a veces, tenían que pedir limosna.
Afortunadamente, mucho se ha avanzado en la consideración social de maestros y profesores pero, escuchando las propuestas de la ministra Celaá, que ha provocado  perplejidad e indignación en amplios sectores de la comunidad educativa convendría no olvidar nuestra procedencia. Resulta muy llamativo comparar que mientras Rubalcaba trabajó diez años en el ministerio de Educación para acceder al cargo de ministro ahora, transcurridos casi treinta años, la señora Celaá ha pasado de ostentar diversos puestos en la administración educativa vasca, al despacho más importante del ministerio situado en Alcalá 34. Es probable que el puesto, en un ministerio tan complejo como el de Educación, esté resultando una carga excesiva para su actual ocupante.

                                                Roque Gómez Jaén (Puerto Real)