Hace unos días, en un
accidente de ferrocarril en Barcelona, murió una persona y hubo algunos
heridos. Dentro de la desgracia, se informaba que la ocupación del tren era
pequeña y nadie iba de pie. De no ser así, las consecuencias hubieran sido más
graves.
Pese a los avances, notables, en la seguridad del
transporte, se perciben incongruencias entre las previsiones del legislador y
la práctica cotidiana.
Desde hace años utilizo, casi exclusivamente,
el transporte público y he podido comprobar, con satisfacción, que en los autobuses
nuevos se exige el uso del cinturón al viajero que va sentado; sin embargo, el
que está de pie no puede hacerlo. Dado que la ocupación del autobús permite,
incluso en trayectos largos, la posibilidad de que un buen porcentaje de
pasajeros vaya de pie, la conclusión es sencilla: en caso de un frenazo brusco
a la velocidad permitida o de una colisión, el viajero que no lleva cinturón
sufrirá graves daños. He ahí la incongruencia: Si se trata de proteger al viajero,
deberemos hacerlo con todos los ocupantes.
En mi opinión, antes de
introducir mejoras, se deben estudiar las consecuencias. Generalmente, las medidas
a adoptar son aquellas que, desafortunadamente,
ponemos en marcha después de las tragedias. Es el caso de las adoptadas
tras las ocurridas en “Los Alfaques” (1978) con casi 250 fallecidos, y en Ortuella (1980) donde fallecieron 51 personas
la mayoría de ellas niños. Ambas catástrofes, provocaron cambios normativos
tanto en el transporte de gas licuado por carretera como en la referida a los
comedores escolares.
En mi vida laboral, he
visto como muchos compañeros míos morían por accidentes laborales; de ahí mi
interés por las medidas preventivas en cualquier ámbito de nuestra vida. Estoy
convencido que la prevención salva vidas y, además, sale barata.
Es evidente que a todos
nos gusta disfrutar de nuestros derechos fundamentales pero; para ello, se
necesita, inexcusablemente, estar vivos.
Roque
Gómez Jaén (Puerto Real)