Durante
la Transición española, período de nuestra historia denostado por recién
llegados plenos de arrogancia ideológica y desmemoria histórica, Adolfo Suárez
se ganó la consideración de político audaz y así lo han expresado biógrafos suyos
como Luis Herrero, Gregorio Morán o Carlos Abella. Desde luego, hace falta ser
audaz para el día 3 de julio de 1975 al
despedirse de la Secretaría General del Movimiento expresara: “Queremos
democracia que es participación del pueblo y la queremos en todos los ámbitos
de la nación…”. O cuando en el mismo mes, en presencia de Franco, dijera que el
pluralismo político será inevitable cuando se cumplan las previsiones sucesorias
(eufemismo para no nombrar la muerte del dictador en su presencia). Cuando Franco
le pidió explicaciones, le reiteró que cuando faltara el deseo de futuro
democrático sería imparable.
Cuarenta
años más tarde, la audacia de nuestros jóvenes políticos, se resume en sacar el
cadáver de Franco del Valle de los Caídos o tirar la gran cruz del mismo lugar.
Evidentemente, nada equiparable con la osadía de Suárez.
En
mi opinión no necesitamos políticos audaces, porque como decía Ortega: “la
audacia es en un cincuenta por ciento inconsciencia y sonambulismo”, sino prudentes
que no es lo mismo que cobardes.
Roque
Gómez Jaén (Puerto Real)