Hace unas semanas he podido ver la
película de Armando Iannucci: La muerte
de Stalin. La obra, muy valorada por la crítica, se califica como de humor
negro. Basada en hechos reales, narra lo acontecido entre la muerte de Stalin y
su funeral. El rigor histórico es difícil de exigir cuando, como el profesor
Robert Service nos recuerda, los hechos: son
tan claros como un barril de alquitrán. Yo espero de una película de humor
negro que, al menos me haga sonreír, y me ha resultado imposible en toda la
película a excepción de una escena irrelevante.
El humor negro, se ejerce sobre
cuestiones que, desde otra perspectiva, generarían sentimientos como la piedad,
el terror u otras emociones similares. Me resulta imposible animarme cuando la
película nos muestra un régimen
totalitario en el que el terror amenaza a todas las personas: Al músico que
dirige su orquesta en bata de estar por casa; a los funcionarios de la radio
estatal; a los miembros de la seguridad de Stalin; a los que pretenden suceder
al tirano; a los que la policía política saca de sus lechos de madrugada; a la
propia familia del dictador;…
No puedo olvidarme de un régimen como
el instalado en Rusia en el que, ya en sus comienzos, uno de sus líderes
Grigori Zinóviev manifestaba: Debemos
arrastrar con nosotros a 90 millones de los 100 millones de habitantes de la
Rusia soviética. En cuanto al resto, no tenemos nada que decirles. Deben ser
aniquilados. Zinóviev cuando defendía el terror estatal no podría
imaginarse que también él sucumbiría al mismo.
En definitiva la película, aunque no
pueda garantizarse el rigor histórico, es recomendable porque si nos gusta está
claro que es buena. También puede interesarnos porque algunos directores de
cine, como Miguel Ángel Lamata, piensan que lo que mola es que la película genere
debate; en el caso de la película que comentamos, el debate está servido.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)