domingo, 16 de septiembre de 2018

111 Blas de Lezo



Hace unos días me acerqué al monumento al marino vasco situado en el paseo de Canalejas.  Desde que se instaló su figura en dicho lugar me pareció, al igual que la ubicada en Madrid, insuficiente para los méritos de nuestro gran marino. Apelar a la memoria histórica en un país que reduce esa expresión al período 1931-1939 es un verdadero sarcasmo.
Lo que más me ha irritado es que, en muy poco tiempo, la leyenda en mármol es prácticamente ilegible. Yo, aprovechándome de lo expresado por Pablo Victoria en su obra: El día que España derrotó a Inglaterra voy a recuperar el texto para todos los lectores del Diario:
… Dile a mis hijos que morí como un buen vasco, amando y defendiendo la integridad de España y del Imperio… Gracias por todo lo que me has dado mujer… ¡Fuego!
En los momentos en que vivimos, donde no hay imperio por el que luchar, Blas de Lezo tendría suficiente ocupación con defender la integridad de España.
La Armada, siempre cuidadosa con sus tradiciones y ejemplar en la defensa de los intereses nacionales, ha dado  a una de sus fragatas el nombre de Blas de Lezo. No es suficiente cuando lo que prima es eliminar de la historia de España héroes como el marino vasco.
Pido públicamente que se reponga en su integridad el texto de la placa de mármol. Si la autoridad competente no tiene recursos económicos para hacerlo, debe promover una colecta pública.

Roque Gómez Jaén (Puerto Real)


110 El cine y Stalin



Hace unas semanas he podido ver la película de Armando Iannucci: La muerte de Stalin. La obra, muy valorada por la crítica, se califica como de   humor negro. Basada en hechos reales, narra lo acontecido entre la muerte de Stalin y su funeral. El rigor histórico es difícil de exigir cuando, como el profesor Robert Service nos recuerda, los hechos: son tan claros como un barril de alquitrán. Yo espero de una película de humor negro que, al menos me haga sonreír, y me ha resultado imposible en toda la película a excepción de una escena irrelevante.
El humor negro, se ejerce sobre cuestiones que, desde otra perspectiva, generarían sentimientos como la piedad, el terror u otras emociones similares. Me resulta imposible animarme cuando la película  nos muestra un régimen totalitario en el que el terror amenaza a todas las personas: Al músico que dirige su orquesta en bata de estar por casa; a los funcionarios de la radio estatal; a los miembros de la seguridad de Stalin; a los que pretenden suceder al tirano; a los que la policía política saca de sus lechos de madrugada; a la propia familia del dictador;…
No puedo olvidarme de un régimen como el instalado en Rusia en el que, ya en sus comienzos, uno de sus líderes Grigori Zinóviev manifestaba: Debemos arrastrar con nosotros a 90 millones de los 100 millones de habitantes de la Rusia soviética. En cuanto al resto, no tenemos nada que decirles. Deben ser aniquilados. Zinóviev cuando defendía el terror estatal no podría imaginarse que también él sucumbiría al mismo.
En definitiva la película, aunque no pueda garantizarse el rigor histórico, es recomendable porque si nos gusta está claro que es buena. También puede interesarnos porque algunos directores de cine, como Miguel Ángel Lamata, piensan que lo que mola es que la película genere debate; en el caso de la película que comentamos, el debate está servido.

Roque Gómez Jaén (Puerto Real)