Los niños nacidos en 2016 comenzaron su educación infantil en 2019 y su calendario escolar se vio mermado por mor de la pandemia que nos asola. La situación es preocupante, pero a mí me ha servido para reflexionar sobre el avance revolucionario de la educación española en sólo tres generaciones: Los bisabuelos de estos niños, nacidos sobre 1920, no tenían garantizado un puesto escolar y tampoco el alimento diario ni los cuidados médicos; sus abuelos carecían de plazas de educación infantil y acudían a las que se denominaban “amigas” (en nuestra tierra se les conocía por “migas” probablemente en recuerdo de unas papillas para niños pequeños), donde no se podía hacer un buen trabajo por carencias de todo tipo y, finalmente, sus padres, en gran número no disfrutaron de una educación infantil completa (Cataluña, sin embargo, en los años 80 ya escolarizaba al 100% de su alumnado). Ahora, me acuerdo de una niña de cuatro años, mi nieta, que acudió llorando a su madre diciéndole que quería ir al cole. Queriendo mitigar su aflicción, su madre le dijo que por la mañana ya había tenido clase por ordenador. Su respuesta fue: “Sí, pero quiero ir a un cole de verdad”. Ella reivindicaba los juegos y abrazos, hablar con su maestra, saludar a la cocinera y contemplar las montañas, a veces nevadas, que rodean su cole.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)